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domingo, 20 de marzo de 2011

La senda del traductor novel (1): ¿realmente quieres ser traductor?


Terminar la carrera, sea cual sea, siempre da miedo, pues supone un cambio importante en la vida de cualquier persona: de repente dejamos de ser estudiantes, abandonamos un estilo de vida que ha durado años y años y nos vemos abocados al mercado laboral, enfrentados a la realidad de quien tiene que buscarse las habichuelas para subsistir. Y eso da miedo porque es algo nuevo que, por lo general, nunca hemos hecho antes (o, al menos, no a tiempo completo), y no sabemos por dónde empezar. En ese momento parece que lo único que sabemos hacer en la vida es estudiar.

Pues bien, después de este concienzudo análisis psicológico existencial, viene la gran pregunta, la cuestión que cualquier recién licenciado en Traducción debería plantearse antes de dar cualquier paso. Es un interrogante fundamental, lógico, obvio, y, sin embargo, estoy segura de que la mayoría de los traductores en ciernes no se lo formulan: ¿realmente queremos ser traductores y ganarnos la vida con ello?

Hay muchas personas que estudian Traducción e Interpretación por el simple hecho de que les gustan los idiomas, lo cual está muy bien, pero para ser traductor no te tienen que gustar los idiomas, te tiene que gustar traducir y todo lo que ello conlleva. Si no nos seduce la idea de pasar horas sentados delante del ordenador, batallando con términos que desconocemos y cuyo significado no encontramos por ninguna parte, bregando con el programa informático de turno que se nos ha colgado o que parece tener vida propia y no hace lo que queremos que haga, lidiando con clientes que lo quieren todo «para mañana» (o, mejor aún, para ayer), es mejor que nos dediquemos a otra cosa. Como cuenta Olli Carreira en este artículo, hay muchas alternativas laborales para un traductor.

Para decidir si queremos ejercer de traductores conviene definir cómo es realmente la profesión del traductor y desmitificar las creencias que parecen haberse instalado en la sociedad acerca de este oficio. La idea del traductor que trabaja en la ONU o en la Comisión Europea, o bien que traduce libros, que disfruta con cada texto que traduce porque es superinteresante, que viaja mucho, que es cosmopolita, que lleva una vida bohemia y relajada, es total o parcialmente infundada. La realidad es mucho menos idílica: la mayoría de los traductores vivimos de traducir textos más prosaicos, como contratos, manuales de instrucciones de aparatos varios, páginas web de empresas, informes financieros, material publicitario, etc.; estamos todo el día enclaustrados en casa (o en la oficina), sentados delante del ordenador 8, 10 o 12 horas (o las que cada cual considere oportunas según sus circunstancias personales y su resistencia física y mental), tecleando a toda velocidad para terminar esa dichosa traducción (técnica, médica, jurídica, financiera) que tantos quebraderos de cabeza nos ha dado y cuyo plazo de entrega se nos está echando encima. Bueno, claro está que nuestro trabajo no siempre es así, y quizá estoy exagerando un poco, pero este panorama se ajusta más a la realidad que el concepto de traductor como espécimen humanista que traduce libros o que trabaja en una organización internacional de altos vuelos.

Si después de reflexionar sobre todo esto todavía nos quedan fuerzas y ánimos para ser traductores y tenemos claro que ese es nuestro camino en la vida, el siguiente paso debería ser decidir si queremos trabajar en plantilla o como autónomos (freelance). Pablo Muñoz, en su blog Algo más que traducir, publicó un excelente artículo sobre este tema. Seguramente lo ideal sería empezar como traductor en plantilla (en una agencia de traducción o en una empresa con un equipo de traductores propio) para contar con un sueldo y un horario fijos y tener compañeros a los que poder consultar todas las dudas que tengamos, que supervisen nuestro trabajo y revisen nuestras traducciones. Sin embargo, la mayoría de los traductores somos autónomos: unos empiezan compaginando este trabajo con otro empleo por cuenta ajena hasta que tienen una cartera de clientes lo bastante sólida como para ser autónomos a jornada completa; otros, como yo, empezamos directamente siendo autónomos las 24 horas del día, aunque para esto es imprescindible contar con un respaldo financiero que nos permita salir adelante durante los primeros meses, cuando la actividad todavía no es (muy) rentable. Y es que ser autónomo tiene muchas ventajas, pero también unos cuantos peros.  

Isabel García Cutillas



jueves, 10 de marzo de 2011

La precariedad en el mundo de la traducción


Hace unos días hablaba con unos compañeros sobre la revolución a la que asistimos estos días en el mundo de la traducción, con empresas tan importantes como Lionbridge intentando dar un giro a su modelo de negocio, lo que ha provocado que muchos de sus colaboradores pongan el grito en el cielo y denuncien públicamente unas condiciones de trabajo que desde hace tiempo consideraban abusivas.

Los comentarios de otros colegas me han hecho reflexionar sobre la relación del traductor con empresas de traducción. Yo aterricé en el mercado hace siete años, con formación universitaria y sin haber escuchado una palabra sobre tarifas, negociación o ventajas competitivas durante el tiempo que estuve en la universidad. A pesar de que el título universitario en Traducción e Interpretación es relativamente reciente, los traductores hemos existido desde siempre, lo que me lleva a pensar qué es lo que tuvieron que hacer para entrar en el mercado los traductores que ahora rondan los 40 y que llevan 20 años traduciendo.

En listas de distribución como Traducción en España he leído mensajes de compañeros que hablan de traducir con máquina de escribir, de WordPerfect o de enviar las traducciones por fax. Algo que a muchos nos parece de otra época. No he leído mucho sobre el marketing que debían hacer los traductores antes de la difusión masiva de Internet, pero supongo que tenían que tocar muchas puertas y enviar muchas cartas comerciales. Sin embargo, a pesar de que la informática, Internet y el uso de herramientas de traducción asistida han facilitado mucho el trabajo y nuestra promoción como profesionales, también han traído consigo una disminución de las barreras de entrada a la profesión. Este hecho, sumado a la proliferación de facultades de Traducción e Interpretación y al gran desfase entre la universidad y el mundo profesional, ha conseguido que cada año tengamos 22 promociones de licenciados en TeI que desconocen el valor de su trabajo. 

Los recién licenciados están desmotivados, entre otras cosas, por culpa de un profesorado que no ha traducido jamás a nivel profesional, que desconoce cómo es el día a día de un traductor autónomo, que no ha sido capaz de reciclarse (o que no le interesa) y que no deja de repetir de forma directa o indirecta que de la traducción no se puede vivir. Yo me pregunto a qué viene tanto pesimismo. Muchos se refieren a la traducción literaria, mercado que ya no es el que fue en su momento y que hace años que dejó de ser rentable para muchos por la gran cantidad de traductores dispuestos a dejarse la piel por una miseria y por la poca cantidad de libros que se venden actualmente. Pero, ¿qué hay del resto de las especialidades como la traducción técnica? Parece que en la facultad tiene menos valor traducir un manual de una lavadora que un bestseller. Seamos realistas: estadísticamente las probabilidades de que nos toque traducir el próximo «Código da Vinci» son muy reducidas, ¿eso nos hace peores traductores? ¿Eso implica que no se pueda vivir de la traducción? No. Señores, se puede vivir de la traducción traduciendo manuales de lavadoras. ¿Que no recibo derechos de autor? No me importa. ¿Que no aparece mi nombre? Hace años que dejé de preocuparme por eso.

Lo que sí me preocupa es que los recién licenciados sean tan pesimistas y que nadie les enseñe que el mercado de la traducción se compone mayoritariamente de autónomos, que es más fácil hacerse traductor por cuenta propia que conseguir trabajo como traductor en plantilla y que, a la larga, el esfuerzo y el tiempo dedicados a cultivar una carrera profesional tienen una remuneración mucho mayor por cuenta propia.

Algo que me lleva a otra reflexión: ¿por qué en los planes de estudio de los grados o enseñanzas superiores no hay asignaturas relacionadas con la gestión empresarial y el marketing? ¿Por qué no se evalúan las capacidades comerciales y de gestión de los alumnos de traducción? Los profesores son conscientes de que el mercado se nutre de traductores autónomos y tener una asignatura de este tipo ayudaría a mejorar las condiciones a las que, a menudo, se someten los traductores con poca experiencia.

Un recién licenciado recibe un encargo por parte de una multinacional del sector, le ofrecen 0,03 céntimos por palabra, y el estudiante acepta encantado. Bien porque no sabe valorar su trabajo, bien porque no sabe lo que se cobra habitualmente o, lo que es peor, que cree que si pide más no le darán el trabajo. Se puede hacer bastante para contrarrestar los dos primeros supuestos, ya que están motivados por el desconocimiento, pero rebatir la idea de cobrar menos por el miedo a no recibir el encargo es mucho más difícil. Por eso una asignatura de marketing debería ser obligatoria para los estudiantes de traducción. No tiene que ser muy compleja, con principios básicos bastaría. Por ejemplo:
  • Solo puedes competir en precio, calidad o servicio.
  • Si compites en precio, ten en cuenta que siempre habrá alguien más barato que tú y que en cuanto el cliente lo encuentre, se irá con ese traductor o te pedirá que iguales su oferta. Además, si cobramos poco porque vivimos con nuestros padres y no tenemos muchos gastos, ¿qué haremos al independizarnos?
  • Si compites en servicio como, por ejemplo, ser el más rápido, podrás poner un mayor precio y podrás fidelizar mejor a tus clientes. Si decides ser el más rápido y el más barato, no podrás asegurar la calidad de tu trabajo.
  • Si compites en calidad, atraerás a clientes a los que les importe tu trabajo y podrás gestionar mejor tu tiempo.
Pero, claro, ¿cómo les van a enseñar eso en la facultad si los que tienen que hacerlo lo desconocen? Si las personas que deben motivar a los alumnos para que emprendan, no han emprendido jamás ni han tenido que enfrentarse nunca a cliente, ¿cómo vamos a conseguir que los licenciados en traducción salgan de la facultad con ganas de comerse el mundo y sin dejar que empresas sin escrúpulos se aprovechen de ellos? ¿Acaso podrían tener tanto poder esas empresas si no hubiera tantos licenciados dispuestos a pagar por trabajar?
 
Hace unos años, cuando se traducía con máquina de escribir, no imagino una situación como la que vivimos actualmente. Si juntamos la explosión tecnológica, el aumento de facultades de TeI y el desconocimiento del mundo empresarial que impera en la carrera, no es de extrañar que se haya producido este descalabro. Me consta que ya hay muchos profesores que fomentan charlas y coloquios con antiguos alumnos como ejemplos de que no es imposible vivir de la traducción, pero creo que no es suficiente. Una tarde de motivación no puede combatir cuatro años de pesimismo constante y de ausencia total de enseñanza sobre el mercado profesional actual de la traducción.




sábado, 19 de febrero de 2011

Como ser traductor en el extranjero


Existe un dicho muy conocido en nuestra lengua que dice que la curiosidad mató al gato. Si esto fuera realmente así, pobres nosotros, los estudiantes y los traductores, pues se suele decir, tanto de los primeros como de los segundos que somos personas bastante curiosillas. Yo creo que más que curiosidad o interés, lo que nos pasa es que nos puede nuestra hambre y ansías por aprender y por ser cada vez mejores en nuestro trabajo o en nuestros estudios (aunque, en definitiva, esto también es una forma de curiosidad).

Antes de desviarme demasiado del tema de este artículo de hoy, y para así enlazar con el mismo, he de aclarar que como estudiante y como futura traductora, al igual que como cualquiera de los que estáis ahí leyendo esto ahora, a menudo rondan por mi cabeza enormes interrogantes acerca de la titulación y sobre todo de la profesión.

Al ser esta nuestra, una profesión con miras tan internacionales, me he preguntado en más de una ocasión cómo sería estudiar T&I en el extranjero. Por este motivo cada vez que he tenido la oportunidad de preguntar a un estudiante de fuera por la cuestión lo he hecho obteniendo casi siempre la misma respuesta: no existe una titulación denominada Traducción e Interpretación, como sí ocurre, por el contrario, con otras como Medicina o Ingeniería mecánica por nombrar algunas.

Bien es cierto que no he preguntado a muchos, dos alemanes y una francesa, pero quizás sus respuestas hayan sido suficientes cómo para abrir mis ojos y comprobar que de Pirineos para arriba T&I nada tiene que ver con lo que es en nuestro país.

No obstante, aunque no se puede decir que exista una titulación equivalente en la que se forme al alumnado exclusivamente para traducir o interpretar, en países como Francia, Alemania o Reino Unido se pueden cursar estudios universitarios relacionados con el aprendizaje de idiomas que, además, permiten el acceso a cursos de postgrado y masters donde sí se puede proporcionar la especialización en T&I.
Estos estudios o degrees suelen denominarse Lenguas Modernas o Modern Languages, al menos en el caso de Reino Unido del que, aunque indirecta, alguna experiencia y conocimiento tengo.

En este último caso, por ejemplo, se hallan las Escuelas de Lenguas Modernas de Oxford o Cambridge, cuyos planes de estudio contemplé maravillada hace un año cuando alguno de los chicos del instituto en el que colaboraba como auxiliar de conversación pedía información a sus profesores, al mismo tiempo que yo, desde mi sitio, los envidiaba por la oportunidad y suerte que iban a tener al poder acceder a semejantes titulaciones.

Dejando a un lado el peculiar sistema de estudio de Oxford o Cambridge, por lo general, estas titulaciones se caracterizan por estar compuestas por 4 cursos en los que el estudiante, a pesar de tener la oportunidad de escoger como mínimo 2 idiomas, se especializa en uno sobre todo (podríamos equipararlo a nuestra Lengua B) del que estudia no sólo la lengua, sino también la cultura, la historia, la geografía etc., de los países de ese habla. En este sentido se asemeja bastante a nuestras filologías. El caso es que, en muchas Universidades como la de Birmingham ofertan además al estudiante cursos o seminarios sobre asuntos muy diversos relacionados con el idioma y otras áreas como los negocios, que permiten en muchas ocasiones ayudar al alumno a comenzar a especializarse en un área determinada que luego concluirá con un estudio superior posterior.

Otra característica significativa que me gustaría destacar, sobre todo en relación con nuestra titulación, es que uno de sus años, normalmente el tercero o el cuarto, es obligatorio hacerlo en un país de la lengua estudiada, ya sea estudiando, ya sea trabajando como Auxiliar de conversación, lo cual, personalmente, me parece una decisión muy acertada que debería comenzar a prodigarse por estos lares.

La diferencia fundamental con nuestra carrera es que no proporciona un conocimiento técnico ni especializado concreto, es decir, la titulación por sí misma no prepara, por lo general, al alumnado para ser profesor o ser traductor por ejemplo, esto se consigue después con un PGCE (algo parecido a nuestro CAP) o un master en traducción e interpretación que suele haber en alguna que otra Universidad; aunque por la experiencia que tengo, la mayoría se decanta la docencia.

Para nada intento resaltar los defectos de nuestra titulación o de nuestro sistema universitario hablando de las maravillas del sistema inglés porque allí para nada es oro todo lo que reluce. Mi única intención con este artículo era mostrar como en Europa, el estudio de las lenguas en el panorama universitario poco tiene que ver con el nuestro y que para ser traductor en países como Reino Unido, uno necesita antes estudiar un degree general y después especializarse en su campo mediante un curso de postgrado o incluso, si tiene la suerte comenzando a trabajar en el campo, aunque esto último, no es muy frecuente.

Inmaculada Prieto